Ese amanecer verdoso en el que convergen los recuerdos y el corazón resiente la herida menguada por el sueño.
Hoy desperté aturdida, algo había cambiado para siempre. Lo supe enseguida, sin necesidad de la lucidez que luego me atropellaría con fragmentos de noche y verdad.
Éste era el final del túnel, la guarida del lobo destruida, al fin.
Desperté entre los escombros invisibles de lo que fuera mi corazón furioso. Todo había caído: el deseo, la memoria, mis piernas, su voz.
De frente me dio la realidad tanto tiempo disfrazada. Mi corazón estaba roto al pie de mi cama y
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