Ella estaba en el asiento trasero, esperando un santo y seña, un anzuelo, algo que le diera la voz para hablarle.
Sabía que no le quedaba demasiado tiempo, que las luces rojas serían menos piadosas a estas horas. Sabía muy bien que era ahora o nunca.
Sonaba una canción, era algo sensual, una suerte de labios mojados – daban ganas de mojarse los labios y mover las caderas sentada-.
Corrió su melena lavada hace unas horas, lo hizo consciente y con muchas ansias en las uñas rojas.
Espero saberse observada por el retrovisor, espero exhalar de los pechos ese perfume a manzanas verdes que meticulosamente frotó horas atrás, espero ser producto de la canción y de la hora tardía.
Cruzó las piernas veinteañeras, lubricadas y perfectamente firmes, en el asiento de atrás. Fingió calor y abrió la ventana, sintió el viento jugar con su limítrofe vestido. ¡Ah! Los encajes, también.
Cuando terminó la canción, notó Providencia larga y esbelta. Todavía quedaba, al menos, un cuarto de hora, y rogó por otra canción para entibiar el aire.
Son las cuatro y quince minutos. Escuchó decir a la voz profunda en los parlantes. Supo tenía que actuar.
A las cuatro y veinte y dos minutos llegó el anzuelo. Su pecho se hizo inmenso, sus piernas se descruzaron en un dos por tres, las caderas se fijaron a la par que se ensanchaban, cerró la ventana y finalmente, se dejó llevar por la voz que le salía de los muslos.
El tiempo, el ministro de salud, el terremoto, los estudios, la restricción más tarde, notó que faltaban a penas cinco cuadras. ¿Qué hacer? ¿Cómo retenerlo para, al menos, otros veinte minutos de conversación?
Se supo dispuesta a no dejarlo pasar, costara lo que costara.
Otra melodía entonó la radio, era suave y burbujeante. Sacó un cigarrillo- de esos largos e insinuantes- enseguida obtuvo fuego.
Conforme avanzaba esa voz aterciopelada, ella iba desabotonando su blusa, abriendo sus anchas, burbujeando sus maneras, jugando – sin realmente querer jugar- con su melena castaña, dejando sus ansias al descubierto en el retrovisor.
C’est moi, c’est moi, c’est moi.
- Señorita, llegamos-
El taxímetro marcaba el precio de la carrera. Sacó unos billetes y se bajó. Vio alejarse al auto negro y amarillo.
Quizás mañana logre finalmente decirle cuánto lo ha deseado, cuántas veces ha tomado el taxi sólo para soñar que él la deseaba también.

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Muy buena historia, ¿existirá la segunda parte?
¡Quién sabe! Se aceptan ideas para una continuación.
Saludos,
M