Ese amanecer verdoso en el que convergen los recuerdos y el corazón resiente la herida menguada por el sueño.
Hoy desperté aturdida, algo había cambiado para siempre. Lo supe enseguida, sin necesidad de la lucidez que luego me atropellaría con fragmentos de noche y verdad.
Éste era el final del túnel, la guarida del lobo destruida, al fin.
Desperté entre los escombros invisibles de lo que fuera mi corazón furioso. Todo había caído: el deseo, la memoria, mis piernas, su voz.
De frente me dio la realidad tanto tiempo disfrazada. Mi corazón estaba roto al pie de mi cama y el dolor abría su boca para comerme.
El destierro del deseo por tantas noches frustrado era hoy la consumación final de una historia demasiado oscura para contar.
La garganta se cerró ante la revelación, mi cuerpo no era más que una carne arrojada a la voracidad de la pantera.
El dolor se metió en mi cuerpo y yo no supe decirle que no.
Cerré los ojos y me dejé arrastrar por él; me entregué. ¿Qué más iba a hacer? Mis artilugios y artimañas habían fracasado, éste era el final.
Un hombre se había astillado en mi cabellera y todo era inútil. Podía sentarme frente al espejo a cepillar mi melena pero no lograría nunca dar con el nombre que se había encarnado en ella.
Así que esa mañana, hoy, me entregué.
Una frase gastada volvió a mí: para encontrarse hay que perderse.
Si algo podía este dolor era perderme. Me perdería en él, en sus piernas, en su aliento caliente y en su jardín. Me dejaría arrastrar por ese torrente violento de mi dolor, río abajo.
Mientras mi realidad colapsaba al pie de la cama y una mano desconocida desordenaba mi melena, yo resbalé sábanas abajo al océano profundo.
Algún día me encontraré, me dije.
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